Por cierto los
escritores no fueron los únicos que en los siglos pasados
rindieron homenaje a la enfermedad que, aunque metáfora de
las virtudes más excelsas, tuvo un enorme impacto en sus
propias vidas y en la de sus familias. La enfermedad y la
muerte por tuberculosis influyeron también, de manera
decisiva, en la obra de célebres pintores, entre los que sin
duda se destaca el pintor y grabador Edvard Munch
(1863-1944). De origen noruego, Munch fue uno de los más
notables propulsores del expresionismo alemán y gran parte
de su obra es el resultado de una experiencia de vida en la
que la enfermedad y la muerte se vuelven protagonistas desde
la más tierna infancia. Hijo de un médico – seguramente
formado en la teoría de que la tuberculosis era una
enfermedad hereditaria – extremadamente puritano y
obsesionado con la religión, cuando cuenta con sólo cinco
años muere su madre de tuberculosis por lo que los niños de
la familia quedan al cuidado de la tía Karen. Nueve años
después, muere su hermana Sophie, dos años mayor que él
y uno de los seres más queridos y determinantes para su
obra pictórica. En su adultez, el pintor no dejaría de
reconocer que el ambiente en el que se desarrolló su
infancia era “opresivo y triste”, probablemente no sólo por
la ausencia materna sino también por las ideas religiosas y
represivas de su padre. Pocas veces una obra ha dado cuenta
con tanta intensidad de los hechos más dolorosos de la vida
de un artista como ocurrió con Munch, quien supo reconocer
el carácter fundante de la muerte de sus seres queridos y la
repercusión que estos hechos preñados de angustia y
desesperación tuvieron sobre su creación.
Escribió: “In the same chair as I painted the sick one I
and all my dear ones from my mother on have been sitting
winter after winter longing for the sun – until death took
them away – I and all my dear ones from my father on have
paced up and down the floor in anxiety”.
Por su naturaleza,
la obra de Munch se ha prestado muy bien a las
interpretaciones de orden psicológico que, en su mayoría,
apoyan la idea de que el pintor trasladando los avatares de
su vida a su obra intentaba exorcizar sus obsesiones; sea o
no cierto, sus patéticos estados emocionales, agravados por
el alcoholismo y un fracaso amoroso, no menguaban con el
tiempo hasta el punto que en 1908 debió permanecer internado
durante ocho meses en una clínica psiquiátrica, en
Copenhague, de la cual, en
apariencia, salió restablecido. De regreso en Noruega,
comienza un período de reconocimiento de su obra – que había
sido muy polémica - paralelo a una dedicación total a la
pintura en la más absoluta soledad y aislamiento
Posterior a su
contacto con las obras de algunos grandes impresionistas
como C. Monet, A. Renoir y E. Degas entre otros, es
The Sick Girl ( cuadro 1), la obra más
importante de su primer período parisino, donde evoca su
experiencia personal con la muerte de su hermana y que será
sólo el comienzo de una producción notable sobre el tema de
la desolación y la muerte que siempre lo acuciaron.
Si bien el óleo data de 1907, cabe consignar que había sido
precedida, en 1896, por un grabado prácticamente idéntico y
con el mismo título.
De 1893, y del
mismo tenor, es Death in the Sickroom (cuadro
2):
en ella, Sophie está sentada prácticamente de espaldas a
nosotros con su cabeza inclinada hacia abajo y sus pequeñas
manos entrelazadas en un gesto de santidad; cerca de Sophie
está su tía Karen y el padre de los Munch, y a la izquierda,
solo, apoyado sobre un muro, su hermano Andreas. En el
fondo, el lecho mortuorio está vacío como si Munch no
hubiera querido centrar la atención sobre el muerto sino
sobre los rostros de la familia embargados por el dolor y la
tristeza. Semejante a la anterior es
The Dead Mother
(cuadro 3), cuya primera versión se tituló Dead Mother
and Child, en la que se ve a la pequeña Sophie, de
espaldas al lecho donde yace su madre muerta, con los ojos
completamente abiertos en una actitud de incomprensión y
sus pequeñas manos tapándose los oídos en un gesto de
aislamiento de la dolorosa realidad. Otro cuadro en el que
Munch vuelve sobre el tema de la muerte familiar es
precisamente By the Deathbed (cuadro 4), en él
se puede observar a la familia entera, de riguroso luto,
reunida frente al lecho mortuorio, con los semblantes
demacrados y la mirada dirigida hacia el muerto, con una
excepción, la de una mujer que desde uno de los rincones de
la sala dirige su mirada hacia los rostros
compungidos de la familia y que parece decir que, antes o
después, la muerte nos aguarda a todos.
En esta breve reseña sobre las
obras más representativas de Munch sobre el tema de la
muerte por tuberculosis en su familia, vale la pena recordar
una de sus obras más conocidas:
The Scream
(cuadro
5), una pintura que forma parte de una serie mayor que el
pintor denominó “El friso de la vida” en la que ya es
notoria la influencia de maestros del postimpresionismo como
P. Gauguin y V. Van Gogh; en ella se observa una imagen
fantasmagórica, sin cabellos, con los ojos y la boca
desmesuradamente abiertos para proferir el grito, pero las
manos tapando los oídos como para no escuchar el eco de la
desesperación en un espacio vacío en el que el grito
profundo se pierde en la naturaleza. Munch pintó numerosos
cuadros de este estilo en los que aun el observador más
desprevenido puede visualizar la impronta que el terror y la
desesperación dejaron en la obra del pintor noruego.
Aunque sin una
relación directa con la muerte familiar pero si con su
propia destrucción y, en última instancia, por puro placer,
un autorretrato del pintor titulado
Self Portrait with Burning
Cigarette
(cuadro 6) que es parte de una colección en la que no falta
el alcohol como su otra compañía.
Así pasó las dos últimas décadas
de su vida retirado en las afueras de Oslo y en 1944, en el
momento en que Noruega se hallaba ocupada por las tropas
alemanas, murió en la misma soledad en la que había vivido.
Gran parte de sus
obras fueron donadas por el propio pintor a Oslo y hoy se
las puede ver en el Museo Munch de esa ciudad inaugurado, en
1963, en conmemoración del centenario de su nacimiento.