El sorpresivo
resurgimiento de la tuberculosis en los años ochenta del
siglo pasado – después de una década de silencio desde la
publicación de La enfermedad y sus metáforas – motivó
a los historiadores a revisar la historia de la enfermedad
que en el siglo XIX ostentó los más diversos significados y
fue, además, objeto de veneración en vastos círculos
de la sociedad decimonónica.
La tisis (phthisis)
es tan antigua como la humanidad y su reconocimiento médico
se remonta a Hipócrates, quien la identificó como la
enfermedad más ampliamente difundida en su época y la
mayoría de las veces mortal. Sin embargo, fue recién en el
siglo XIX cuando cumplió una doble función estética cuya
comprensión resulta imposible fuera de su contexto
histórico.
Las enfermedades y
la muerte han sido temas recurrentes e interesantes para la
literatura y el arte de todos los tiempos. Pueden ser
colectivos, como la peste y el cólera, o individuales, como
la sífilis y el cáncer, pero, casi siempre, con un
denominador común: su carácter punitivo. Durante gran parte
del siglo XIX, la tuberculosis se liberó de esa carga para
soportar el peso agobiador de una metáfora
entretejida alrededor de la creencia de que el tuberculoso
era una víctima inocente a quien la enfermedad le venía de
adentro, de su ser más íntimo. Esta diferencia, que a simple
vista parece insignificante, se vuelve crucial a la hora de
analizar lo que hemos llamado su doble función estética, a
saber, como tema para un corpus literario sin
precedentes y como valor estético e intelectual que se
incorporó a la vida social de los sectores aristocráticos.
Si tomamos en cuenta la opinión de M. Bajtin de que “una
realidad de hecho que no haya sido interpretada
ideológicamente [...] no puede formar parte de un contenido
literario”, podríamos asegurar que las raíces de su
singularidad se encuentran en la sociedad y que, en suma, la
literatura no hizo otra cosa que incorporar a sus obras un
sentimiento arraigado en la vida del siglo XIX.
[1]
Para comprender la
emergencia de la tuberculosis como ‘metáfora’ romántica es
necesario conocer una parte de la historia socio-cultural y
científica europeas. La medicina del siglo XIX estaba muy
lejos de ser la medicina tecnificada de hoy y la primera
mitad del siglo no fue un tiempo de grandes innovaciones.
Como ejemplo, basta con recordar que el estetoscopio -
descubierto por René Théophile Laënnec en 1819 - era
utilizado sólo por algunos médicos, mientras que el uso
clínico del termómetro se convirtió en rutina recién a
mediados de siglo, y los Rayos X fueron dados a conocer por
Röntgen en 1895. Y entre ellos, un acontecimiento clave en
la historiografía médica: el descubrimiento del
Mycobacterium tuberculosis a manos del bacteriólogo
alemán Robert Koch, en 1882. Clave, porque marca la línea
divisoria del siglo a cuya luz se deben interpretar no sólo
las repercusiones sociales de la enfermedad, sino también su
lugar en el arte y la literatura de la época. Hasta
entonces, dos teorías especulaban sobre su origen: una,
proveniente de la ortodoxia médica, sostenía, aunque con
poco énfasis, la posibilidad de que se tratara de una
enfermedad infecciosa mucho antes de que Jean Antoine
Villemin (1865) demostrara su transmisibilidad. La otra,
proveniente de la llamada ‘medicina romántica’ o
‘medicina esencialista’ entre los franceses – como una
réplica de un tema muy caro al arte: la trágica y fatalista
determinación de la enfermedad y la muerte por factores
“psicógenos” – tuvo un papel destacado en la configuración
de la ‘metáfora’; para los esencialistas, las enfermedades
en general y la tuberculosis, en
especial, formaban parte de la esencia personal. En otras
palabras, surgían espontáneamente de causas internas y
predisposiciones hereditarias más que de causas externas,
las que sólo podían tener alguna influencia en la emergencia
de las tendencias internas y las predisposiciones, pero de
ninguna manera ser la causa primordial. Como representante
de esta teoría se destacó precisamente Laënnec, una de las
figuras más reverenciadas en la historia de la medicina
francesa, cuyas opiniones influenciaron la enseñanza y la
práctica médicas durante buena parte del siglo. En la
segunda edición de su célebre Traité de l’auscultation
médiate (1826) - poco antes de su propia muerte por
tuberculosis – rechazaba de plano la teoría del contagio en
favor de la transmisión hereditaria pues, en su mente, la
teoría infecciosa no explicaba que los niños contrajeran la
enfermedad con mayor frecuencia que otros integrantes de la
familia. Si así fuera – sostenía – los primeros en
adquirirla serían los esposos, puesto que ellos tienen
una relación más íntima y comparten el lecho.
[2]
Su hipótesis se basó en su experiencia clínica con muchas
personas que, aun durmiendo hacinadas en pequeñas
habitaciones donde había un tuberculoso en estadio avanzado,
permanecían – al menos, en apariencia – sanos. Además de la
predisposición hereditaria, Laënnec afirmaba que entre las
causas que intervenían en la consunción pulmonar, ninguna
era tan cierta como las “pasiones tristes”.
[3]
Desde esta óptica, el famoso médico explicaba por qué la
enfermedad era tan frecuente en las ciudades y rara entre
los campesinos: “allí los hombres tienen más relaciones
entre sí y entonces tienen más causas para más frecuentes y
profundas penas”, y la medicina nada puede hacer contra
ellas.
[4]
Cuarenta años
después, la opinión de Laënnec continuaba siendo un dogma
entre los médicos interesados en la tuberculosis. Corría
1866, cuando el Profesor Michel Peter, de la Facultad de
Medicina de París, reproducía sin cambios el análisis del
maestro: la tuberculosis se gesta dentro del cuerpo
mismo, determinada por una predisposición hereditaria
transmitida de generación en generación a la que se agregan
algunas causas ocasionales tales como las pasiones tristes.
En ausencia de Laënnec, Peter se convirtió en uno de los más
acérrimos opositores a la teoría contagionista y el mayor
oponente a las ideas de Pasteur, llegando al extremo de
responder con agresividad a los experimentos de Villemin,
aun antes de que estos llegaran a la academia. Como Peter,
el notorio académico Hermann Pidoux es recordado por
su crítica feroz a la teoría infecciosa y sus ardorosas
expresiones en contra de la misma. La consideraba inocente y
vulgar y llegó a decir que las doctrinas animistas de
quienes imaginan a los virus como almas existiendo por sí
mismas son muy placenteras para la imaginación, pero no
serias. Aspiraba a una nueva medicina que proporcionara
más “soluciones sociales” al problema de la tuberculosis,
pero defendía con ahínco los conceptos de “morbilidad
espontánea” de la medicina esencialista. En este clima de
ideas, en el que se empieza a esbozar la enfermedad como un
problema social, Pidoux consideraba que había tres
categorías de enfermos consuntivos: los que contraían la
enfermedad por causas externas: la “tisis de los pobres”,
cuyo factor primordial era la pobreza que llevaba a la
desnutrición y al trabajo excesivo; los que la contraían por
causas internas o patológicas: la “tisis de los ricos”,
resultante de los excesos constituidos por el “ocio”, la
“lujuria”, los ”excesos de comida” y los “tormentos de la
ambición” y, finalmente, aquellos en que no se encuentran ni
causas internas ni externas y, entonces, contraen la
enfermedad por una predisposición constitucional. En el
imaginario de los seguidores de Laënnec, la inclusión del
factor social era un complemento de la vieja teoría
esencialista.
Peter, por su
parte, - y como antes lo hiciera Laënnec - le sumó al papel
preponderante de la herencia y las pasiones frustradas,
otros factores que hacían referencia a una actividad sexual
poco saludable como la masturbación y los “excesos
venéreos”. El “onanismo” y “el abuso del coito” constituían
lo que el médico llamó “una doble pérdida”: “la pérdida de
los fluidos corporales vitales”, con el consiguiente costo
para el organismo, y la pérdida de los “impulsos nerviosos”
a través del espasme cynique en el momento del climax”.
[5]
El historiador David Barnes, en su exhaustivo estudio de la
tuberculosis durante el siglo XIX en Francia, afirma que
estas referencias médicas no se deben confundir con
sanciones morales y, menos aún, con los objetivos
discriminatorios de las frecuentes campañas políticas y
sociales que asociaban alcoholismo y sífilis con
tuberculosis. La medicina esencialista, por el
contrario, responsabilizaba a los “excesos venéreos” de
contribuir a la aparición de la enfermedad porque ellos
representaban “pérdidas orgánicas” no compensadas.
Cuando Villemin
anunció el éxito de sus trabajos de investigación, con los
que había logrado transmitir la tuberculosis humana a los
animales de laboratorio, los miembros de la Academia de
Medicina reaccionaron a viva voz y se negaron a aceptar,
sin un debate público previo, una teoría que echaba por
tierra las creencias convencionales. Entre ellos estaban
Peter y Pidoux dispuestos a defender, con uñas y dientes, la
teoría anticontagionista. Es obvio que la mentalidad de la
época no estaba preparada para recibir la teoría del
contagio como una idea nueva y revolucionaria, sino, más
bien, como una reliquia del pasado, incluso como una
superstición propia de las masas desinformadas. En efecto,
para muchos médicos adscriptos a la teoría hereditaria, se
trataba de un prejuicio que inspiraba temor en la población
y estigmatizaba a los enfermos como enemigos de la salud. Se
ha intentado explicar la resistencia de estos hombres
lúcidos - a lo que prácticamente ya era una evidencia - por
la fuerte aversión política y filosófica al contagio que
comprometía la moral nacional. No obstante, tras el
descubrimiento del bacilo, los argumentos de los
esencialistas comenzaron a desvanecerse mientras la teoría
del contagio ganaba adeptos. Pero, haciendo honor a la
verdad y, tal vez, por la impotencia que generaba una
enfermedad infecciosa que carecía de una terapéutica
adecuada, gran parte de la sociedad continuó desestimando la
posibilidad del contagio y alimentando fantasías a la vieja
usanza. En consecuencia, hacia fines de siglo, e incluso en
las primeras décadas del XX, las discusiones sobre la
tuberculosis eran el resultado de una superposición de
teorías destinadas a darle una explicación.
Entre 1898 y 1908,
los defensores de la teoría contagionista lanzaron en
Francia “la lutte contre la tuberculose”. La cita en
francés tiene su explicación en que, si bien la “guerra
contra la tuberculosis” fue un fenómeno universal, en
Francia adquirió un cariz inusitado y una violencia
incomparables con el resto de los países europeos. Las
razones se deben buscar en la situación sociopolítica de esa
nación y en una serie de factores que acosaban a Francia
durante la primera mitad del siglo: el desmesurado
crecimiento demográfico de las grandes ciudades a expensas
de las migraciones provenientes del campo y de las ciudades
marginales en busca de una vida mejor; la burguesía en
ascenso que, poseedora de un gran poder político y económico
durante la Monarquía de Julio, veía al habitante pobre de la
ciudad como “sucio”, “criminal” y “políticamente peligroso”
y el principal transmisor de la tuberculosis. Para colmo,
este país tuvo los índices más elevados de mortalidad por
esta causa con respecto a Inglaterra y Alemania y la
declinación más lenta de estos índices a comienzos del siglo
XX, en clara correspondencia con un standard de vida
más bajo y una mejoría más lenta del mismo a través del
tiempo.
En este contexto,
la lutte contre la tuberculose se inició con una
calurosa polémica en la Academia de Medicina de París,
presidida en esa oportunidad por el notorio médico Joseph
Grancher, quien lamentando la indiferencia y la resignación
con que la población y aun los médicos habían tratado, hasta
entonces, la enfermedad, se refirió a los enfermos y a su
futuro en estos términos: “sabemos ... que el tuberculeux,
que escupe sus bacilos, es peligroso y que debemos
protegernos de él .. El esputo lleno de bacilos es el
vehículo habitual del origen de la tuberculosis!. Así, el
esputo es lo que debemos destruir antes de que se seque”.
[6]
Las expresiones de Grancher son más que elocuentes: se había
desatado la paranoia tendiente a discriminar y marginar al
enfermo tuberculoso porque constituía un peligro para la
sociedad.
Pero el trabajador
no fue el único blanco de estas campañas. Aunque con
variaciones a lo largo del siglo, la mujer enfermaba y moría
de tuberculosis con mayor frecuencia que el hombre,
diferencia que se atribuyó en parte a una “debilidad innata”
en las mujeres y, en parte - como consecuencia de esta
debilidad - a las peligrosas y mal remuneradas ocupaciones
femeninas que colaboraban en la intensificación de la
pobreza. No faltaron tampoco quienes responsabilizaron a
ciertos “fenómenos particulares que aparecen con la
pubertad, que recurren periódicamente y sólo cesan con los
años”, refiriéndose eufemísticamente a la menstruación y el
embarazo.[7]
Otros higienistas, enrolados en el esencialismo,
opinaban que “la mujer muere más frecuentemente de
tuberculosis que el hombre debido a su temperamento
linfático” con su tendencia a la “languidez”, estado que
preparaba el terreno para el desarrollo del bacilo. En esta
situación, se llegó a interpretar el predominio en las
mujeres como el resultado de la suma de “una
constitución débil, magros ingresos con la consecuente
pobreza, junto a pasiones activas y [...] excesos de todo
tipo que llevan rápidamente a agravar su débil humanidad
conducida por sueños no cumplidos”.
[8]
Este fragmento pone en evidencia la condena moral encubierta
proveniente del fatalismo original de la mujer, una suerte
de “inevitable destino” que la lleva a desempeñarse en
ciertas ocupaciones públicas de las que el hombre
está exento. El autor de dicha tesis equipara biología con
destino y reduce las diferencias sexuales en mortalidad a
una cuestión moral: la prostitución. Con el tiempo, en la
agresiva retórica de la educación antituberculosa, los
enfermos “peligrosos” pasaron a formar parte de un triángulo
del que los otros dos vértices estuvieron dados por el
alcoholismo y la prostitución que preparaban el cuerpo para
la adquisición de la enfermedad. El “terrorífico trío”, –
así lo llamaba Maurice Letulle, un higienista – vehículo de
la depravación moral, era considerado junto con las malas
condiciones de vivienda al cambiar la centuria, el factor
principal en su diseminación. Estas asociaciones mórbidas y
la fiereza con que se intentó combatirlas fueron, al menos
en su tono, exclusivas de Francia. Ellas contribuyeron a
fortalecer ciertas opiniones sobre qué conductas podían ser
inmorales y peligrosas para la sociedad. En opinión de
Barnes, el “terrorífico trío” tuvo una importancia
fundamental por dos razones: primero, porque estableció una
etiología moral de la tuberculosis, “la mayor asesina
de Francia”, y de este modo unió, persuasivamente, conducta
con enfermedad y moralidad con mortalidad. Segundo, porque
tales conexiones consolidaron fenómenos en apariencia
independientes dentro de un síndrome generalizado de
declinación nacional, constituyendo la manera de expresarlo
en términos médicos y científicos.
[9]
El uso de la
narrativa como estrategia de sentido en el siglo XIX no fue
privativa de los escritores. Muy por el contrario, parece
haber sido uno de los métodos más comunes en las discusiones
públicas sobre los problemas que acarreaba la tuberculosis.
Para tener una idea de cuán lejos había llegado la paranoia,
basta con leer este fragmento de Louis Renón – un profesor
de la Facultad de Medicina de París - en Les maladies
populaires (1905):
El alcoholismo es
el gran proveedor de la tuberculosis. “La phtisie se
prend sur le zinc”, dijo M. Hayem y es verdad. Es el
socio de la sífilis en aquellos sombríos cabarets que se
encuentran en abundancia alrededor de cuarteles y factorías,
bares donde uno encuentra alcoholismo de un lado de la barra
y sífilis del otro.
[10]
En las columnas
médicas de los periódicos se podían leer advertencias tan
descabelladas como, por ejemplo, que la costumbre de leer
libros, que pasaban de mano en mano, debía abandonarse
porque ellos podían contener un número suficiente de
bacilos por página como para contagiar la tuberculosis;
el columnista aseguraba que los bacilos se preservaban
tan bien entre las páginas de una novela como una planta en
un jardín botánico. Otros aconsejaban evitar las
conversaciones íntimas porque hablar boca a boca,
contarle una historia a un niño es como enviar una flecha
envenenada a su sonrisa, y ni qué decir el beso, en
general, y, sobre todo, proteger a los niños de éste.
Al margen de estas preceptivas individuales,
hubo una en la que todos los médicos estuvieron de
acuerdo: la prohibición de escupir.
“¡El esputo es el enemigo!”
[11]
era el lema de la belle époque en Francia. El
trabajador negligente que “tose, escupe e infecta a los
inocentes a su alrededor” fue un motivo recurrente en la
literatura antituberculosa.
La bacilofobia
tuvo ribetes tan alarmantes y desagradables como el de
exponer en una tesis médica los resultados de la observación
de los paseantes que escupían en los grandes bulevares
parisinos, llegando al extremo de contar el número de
esputos encontrados en una cuadra entre el Ópera y la calle
Montmartre. El autor de la tesis propuso, asimismo, la
sanción de una ley que castigara a los que convierten los
cafés y los teatros en verdaderos lagos de esputo.
Ejemplos de tono repugnante como éste abundan en la
literatura demostrando cuáles eran los puntos de disgusto en
las campaña antituberculosa: los “olores displacenteros”,
“el acercamiento promiscuo de los cuerpos”, los “fluidos
corporales” y los “excrementos”.
[12]
Algunas
instituciones médicas intentaron inútilmente contrarrestar
la bacilofobia extrema con el razonable argumento de que la
tuberculosis no era tan contagiosa como se estimaba y que,
por lo tanto, era necesario controlar los excesos en la
implementación de medidas contra el contagio puesto que
significaba marginar y aislar no sólo a los enfermos sino
también a aquellos que por su condición social fueran
sospechosos. A pesar de estas protestas marginales,
las campañas oficiales, embanderadas en el
“hipercontagionismo”, cuyo objetivo primordial era salvar a
Francia – y, en especial, a París – por medio de la
implementación de medidas todas destinadas a identificar y
aislar las posibles fuentes de contagio, no cejaron en sus
intenciones.
Los dispensarios
antituberculosos fueron la primera línea de defensa en la
despiadada guerra contra la tuberculosis. Creados con
la explícita función de proporcionar asistencia médica e
impartir nociones elementales de higiene personal y
doméstica a los enfermos o potenciales enfermos pobres,
encubrían, sin embargo, la función de investigar a aquellas
personas sospechosas de estar infectadas. La
institución modelo en Francia fue el Préventorium Emile Roux
establecido en 1901, en Lille, por Albert Calmette.
[13]
Una segunda línea
de defensa partió de la declaración obligatoria de los
“casos” de tuberculosis por parte de los médicos. Las
opiniones sobre esta medida estuvieron profundamente
divididas pues muchos médicos la consideraban violatoria del
secreto profesional. No obstante, la “declaración” parece un
juego inocente - aunque no lo es - al lado de la propuesta
de confinar a los enfermos en tuberculosarios, similares a
los antiguos leprosarios, bajo la premisa de que el
consuntivo representa un valor reducido, sino nulo, para la
sociedad, frente al hombre sano que es necesario preservar.[14]
Jules Héricourt, uno de los grandes defensores de esta
línea, justificaba la toma de una decisión tan drástica con
el argumento de que
si el
tuberculoso continuaba circulando, diseminaría el contagio
en las calles y en las plazas y, a través de la tos,
continuaría respirando el bacilo dentro de la atmósfera.
No
hubo ningún establecimiento de este tipo en Francia, pero
mucho más cercano a nuestros tiempos, en 1993 precisamente,
se reabrió en Nueva York una vieja sala de un hospital en la
Isla Roosevelt con el objeto de internar, por la fuerza, a
aquellos pacientes tuberculosos que repetidamente no
completaran el tratamiento.
[15]
La agitada
campaña se vio reforzada por la impotencia resultante de la
carencia de un tratamiento adecuado. En los años previos a
la quimioterapia, el único tratamiento que los médicos
prescribían, como consecuencia de las múltiples
especulaciones alrededor de la enfermedad, era lo que se
conoce como cura de aire fresco, de reposo y de
sobrealimentación. Sólo con una completa nutrición y
descanso en un ambiente adecuado, podía el cuerpo soportar
los estragos de la tuberculosis. Con este fin se crearon
sanatorios especiales en la montaña y el desierto,
instituciones que, a diferencia de los dispensarios, dieron
albergue sólo a pacientes pudientes y en estadios precoces
de la enfermedad y, por ende, con grandes posibilidades de
recuperación. En otras palabras, los sanatorios admitían
sólo a los enfermos que en el futuro le podían ser útil a la
sociedad. A uno de ellos, situado en Davos - y que luego
sirvió de inspiración para La montaña mágica -
concurría periódicamente Thomas Mann, en 1912, para visitar
a su esposa Kajia, internada por una ‘afección pulmonar’.
Como en La montaña mágica, estas instituciones no
estuvieron exentas de un sesgo ficcional en la vida real. Se
cuenta que Hermann Brehmer, un joven silesiano, estudiante
de Botánica y enfermo de tuberculosis, a quien su médico le
aconsejó buscar un clima más saludable, viajó por las
montañas del Himalaya donde acrecentó sus estudios de
botánica mientras trataba de curarse de la enfermedad. A su
regreso – curado - comenzó estudios de Medicina y, luego,
presentó su tesis doctoral bajo el auspicioso título de
La tuberculosis es una enfermedad curable. En 1854,
Brehmer construyó un sanatorio en Gorbersdorf donde, entre
espinos y buena nutrición, los pacientes se exponían
continuamente, desde sus balcones, al buen aire de la
región. La historia de los tuberculosos carece, en general,
de este final feliz de Brehmer. Lo cierto es que estos
sanatorios, extremadamente populares en Europa Occidental y
Estados Unidos, tuvieron una función dual: aislar al
enfermo, en tanto origen de la infección de la población, y
proporcionarle paralelamente la ‘cura de reposo’, esto es,
una vida regulada en el hospital durante el largo proceso de
la enfermedad.
Bajo
la influencia de la medicina occidental, la idea de que
ciertos climas podían ofrecer algún beneficio a los enfermos
se propagó entre los médicos japoneses. Fueron pioneros en
este sentido, Sensai Nagayo, quien fundó el Kamura Sea
Hospital, en 1887, y Heizaburo Tsrusukai, el Sumaura
Hospital, en 1889, ambos a la orilla del mar. La primera y
más famosa institución en las altas montañas fue el Fujimi
Alpine Sanatorium, inaugurado, en 1925, por Fujokyu Masaki.
El médico escritor Mahito Fukuda, adscripto a la teoría
romántica de la tuberculosis, autor de novelas y de ensayos
sobre la historia de la enfermedad en el Japón, ha dejado
sentado que muchos artistas japoneses fueron albergados en
sanatorios de este tipo donde transcurrió gran parte de sus
vidas.
En los años que
precedieron a la Primera Guerra Mundial, es decir, mucho
antes de que se contara con la quimioterapia
antituberculosa, la enfermedad comenzó a disminuir su
incidencia, con diferentes ritmos, en los países
industrializados. Esta situación ha llevado a algunos
historiadores – como el británico Thomas Mc Keown - a
asegurar que su declinación dependió más de la mejoría de
las condiciones de vida que de los avances médicos o de la
intervención estatal en los problemas de salud pública. La
tesis de Mc Keown tiene su base en algunos aspectos
correlativos entre ciertos hechos históricos y la evolución
de la tuberculosis como, por ejemplo, que durante la guerra
francoprusiana y en los años subsiguientes – con el
empeoramiento de las condiciones de vida - se produjo en
París uno de los picos más elevados de mortalidad por
tuberculosis y que, a la inversa, a fines de siglo se inició
una lenta pero apreciable disminución de la mortalidad por
esta causa, que el historiador adscribe a la mejoría del
standard de vida con el advenimiento de la Tercera
República. Otros, en cambio, atacaron su tesis argumentando
que las razones reales de esta declinación, en Francia,
Inglaterra y Estados Unidos, se deben buscar en las reformas
sanitarias y, en especial, en las medidas de aislamiento de
los enfermos potencialmente contagiosos. La teoría de Mc
Keown, - como la de otros historiadores revisionistas - que
vincula la enfermedad con la pobreza, se refuerza cuando se
comprueba que mientras en los países ricos desapareció
prácticamente de la escena en los años de la quimioterapia
efectiva, en América Latina se convirtió en una enfermedad
endémica.
[16]
El gran cambio de la enfermedad, que acosó a la humanidad
durante cientos de años, se produjo, a mediados del siglo XX,
con uno de los logros más importantes de la medicina
moderna: el descubrimiento de la quimioterapia. Desde
entonces, y durante más de tres décadas, la tuberculosis
pareció haber detenido su historia, hasta que, en los años
ochenta, la realidad demostró que el silencio no era eterno.
Regresó a aquellos países en que estaba prácticamente
controlada y lo hizo con algunas características nuevas: es
más agresiva y, lo que es peor, en muchos casos, resistente
a las drogas que en el pasado le habían ganado la batalla al
bacilo de Koch. En 1997, la Organización Mundial de la Salud
realizó un estudio epidemiológico, a nivel mundial, que
arrojó más de siete millones de casos nuevos en ese año con
una mortalidad cercana a los dos millones. De esta cifra,
muchos tenían una tuberculosis resistente a múltiples
drogas.
[17]
Del cúmulo de
reflexiones que suscitó el inesperado regreso de la
tuberculosis, vale la pena recordar, por su pertinencia, la
de Hillas Smith en su libro Keats and Medicine.
[18]
Dice algo así: si John Keats volviera a vivir seguramente
quedaría impresionado con muchos de los cambios del mundo
moderno y con los avances médicos, en particular con
aquellos relacionados con el diagnóstico y el tratamiento de
la enfermedad que lo llevó a la muerte, pero no menos
impresionado quedaría viendo como más de doscientos años
después, la tuberculosis vuelve a ser un problema que como
en su época se cobra millones de víctimas, ya no por
desconocimiento médico-científico, sino por realidades más
graves como que mientras nos regocijamos combatiendo las
bacterias, ellas se defienden creando nuevos mecanismos de
defensa que parecen decir que, así como nos precedieron,
casi con seguridad nos sobrevivirán. Y los historiadores,
deslumbrados porque la vieja tuberculosis reanudó su
historia, afirman que las preguntas y las respuestas parecen
preservarse intactas desde los tiempos en que la enfermedad
emergió como el mayor problema social en muchos países del
mundo y como ‘metáfora’ de gran valor artístico e
intelectual.
Ante la evidencia,
no queda otra alternativa que darles la razón. Volvió más
aguerrida que nunca y la pobreza vuelve a ser el factor
negativo preponderante en su evolución. En este contexto,
mientras en los países ricos y con buenos sistemas de salud
se mantiene nuevamente bajo control - con la aparición y el
uso de nuevas drogas - los resultados en África, Asia y
América Latina son catastróficos.
Esta
reseña histórica se inició con un epígrafe que es una sutil
crítica del historiador Barnes a la obstinada oposición de
Sontag a las metáforas que las sociedades y las culturas
crean para explicar los misterios de ciertas enfermedades, y
queremos finalizarla con otra reflexión del mismo autor en
la que polemiza nuevamente con la escritora. Escribe Barnes:
El regreso de la
tuberculosis confunde la historia conocida de los avances y
triunfos de la medicina. Más de cien años después que el
agente de la tuberculosis se descubriera y cerca de
cincuenta años después del advenimiento de los tratamientos
efectivos, algunas viejas cuestiones sobre la enfermedad
reclaman ser respondidas, incluyendo ¿qué es lo que facilita
la diseminación de la tuberculosis en la sociedad? Y ¿qué se
puede hacer al respecto? Estas mismas preguntas se hicieron
con gran urgencia cien años atrás, y a pesar de la vasta
tecnología y los avances científicos en estos años, las
respuestas más comunes hoy muestran una estrecha semejanza
con las respuestas del pasado. Ellas varían desde la
propuesta de una mayor intervención gubernamental en los
problemas de salud pública hasta el aislamiento por la
fuerza de los casos activos. Unas cuantas voces
desperdigadas señalan la pobreza como la causa principal de
la tuberculosis y claman por la mejoría de las condiciones
de vida como la única medida que puede combatir
efectivamente la enfermedad. […].
[19]
Notas
[1]
Véase C. Altamirano y B. Sarlo, “Del texto y la
ideología” en Literatura/ Sociedad; Buenos
Aires: Hachette, 1983, p. 35.
[2]
Tan convencido estaba Laënnec de su teoría que apeló
a toda clase de recursos, aún muy débiles, para
sostenerla. Por ejemplo, llegó a decir que podría
ser contagiosa en otros países de Europa pero no en
Francia. Véase David Barnes,
The Making of a Social Disease. Tuberculosis in N
ineteenth – Century France, California:
University of California Press, 1995, p. 27.
[6]
Para mayor información sobre este tema, véase D.
Barnes, “Social Anxiety, Social Disease, and the
Question of Contagion” en Ibíd., pp. 23-47.
[11]
Véase “Guerre au bacille!” en Ibid, pp.
74-111.
[13]
Albert Calmette adquirió fama posteriormente por ser
uno de los descubridores de la vacuna
antituberculosa conocida como BCG (Bacilo de
Calmette- Guerín) pero al mismo tiempo fue uno de
los grandes impulsores de la guerra contra la
tuberculosis.
[14]
La idea de fundar tuberculosarios constituye
una posición extrema en la guerra contra la
tuberculosis que no necesariamente representó la
opinión médica más difundida en Francia.
Véase Barnes, Op. Cit., 1995, p.
107.
[16]
Para una información más completa sobre este tema,
véase Diego Armus, “El viaje al centro: tísicas,
costureritas y milonguitas en Buenos Aires (1910
–1940)”, Diego Armus (ed.), en Entre médicos y
curanderos. Cultura, historia y enfermedad en la
América Latina moderna; Buenos Aires: Norma,
2002, p. 223 –258. Anteriormente, Armus había
analizado en profundidad en su tesis doctoral – “The
Years of Tuberculosis. Disease, Culture and Society:
Buenos Aires 1870 –1950” (1996) - los avatares de la
tuberculosis en nuestro país como una de las
principales causas de muerte en Buenos Aires entre
los años 1870 y 1950, y como un tema dominante en el
amplio espectro de los problemas contemporáneos
[17]
Véase S. Lupo, Clínica y terapéutica de la
infección por VIH y SIDA, UNR editora, 2003, p.
129.
[18]
J. Keats murió de tuberculosis en una época en que
la medicina era muy precaria y nada se sabía sobre
su etiología y, menos aún, sobre un tratamiento
adecuado. Era el momento en que la teoría
hereditaria estaba en su esplendor.
Véase Hillas Smith, “Keats and
Tuberculosis”, en Keats and Medicine, Cross
Publishing: Newport, Isle of Wight, 1995, p. 75.
[19]
Véase Op. Cit., 1995, p. 2. La traducción es mía.